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La Eneida. Virgilio

Presentada, anotada y traducida por Julio Picasso Muñoz.

 

© 2007 Fondo Editorial de la
Universidad Católica Sedes Sapientiae

ISBN 978-9972-2970-5-2
Depósito Legal: 2007-04778

 

 


Virgilio, poeta latino nacido en Andes, aldea cercana a Mantua, es uno de los mayores poetas de la literatura universal. Considerado modelo lingüístico y literario, imitado a lo largo de los últimos veinte siglos, guía de Dante en la Comedia, famoso hasta el punto de que se contaban anécdotas legendarias sobre su vida (muy difundidas sobre todo en la Edad Media, lo cual aseguraría su cáracter apócrifo) y cuyas obras eran la herramienta básica de un método adivinatorio que consistía leer versos suyos al azar y encontrar en ellos la respuesta a una pregunta subyugante… no se le puede escatimar el bien ganado título de «Padre de Occidente». Con la presente traducción de la Eneida, que complementa la anterior de las Bucólicas y las Geórgicas (Lima: Fondo Editorial UCSS, 2004), Julio Picasso le ofrece al lector peruano la posibilidad de acceder a la obra completa de este poeta latino con todos los materiales necesarios para una lectura comprensiva y analítica, cabalmente literaria.
            La Eneida se compone de doce libros o cantos que narran los trabajos o dificultades que atraviesa el troyano Eneas, sobreviviente de la guerra cantada por Homero en la Ilíada, para cumplir la misión encomendada por el Hado: fundar Roma. Pero antes de ello, Eneas, encabezando a sus hombres, habrá de pasar, entre otras cosas, por batallas, tormentas, un descenso a los infiernos para hablar con su padre, Anquises, y rechazar el amor de una reina, la seductora Dido. Ciertamente, la Eneida es un panegírico de la gloria romana, al sustentar poéticamente sus orígenes divinos (Eneas es un héroe en el sentido original de la palabra, es decir hijo de humano y de diosa); pero Virgilio era un poeta bastante ducho para dotar a su obra de una trascendencia superior que hace posible leerla no solo como una pieza de encargo o de exaltación del poder de turno. Una lectura absolutamente historicista de la Eneida no solo sería reductora en este sentido, sino que nos impediría ponerla en diálogo con una tradición literaria que Virgilio tenía en mente al emprenderla (la épica griega representada por Homero) y otra que posteriormente recogería su lección (piense principalmente en Dante, pero también en otro gran poema épico como La Araucana).
Ocurre que Virgilio a través de sus tres grandes obras refleja una progresión, una suerte de trayectoria espiritual que se va volviendo cada vez más compleja: las Bucólicas, diez poemas de atmósfera pastoril, son un canto al amor sintetizado en el celebérrimo verso Omnia vincit amor («Amor todo lo vence»); las Geórgicas, conjunto de cuatro poemas extensos, celebran el trabajo colectivo; en tanto la Eneida se ocupa de cómo el sujeto, sin limitar su libre albedrío, asume el designio de su Hado o fatum que le depara ser el fundador de una civilización nueva. De allí que la Eneida sea una epopeya nacional al mismo tiempo que una introspección de la existencia humana tal como la concebían los antiguos. Esta doble dimensión del poema se aprecia también en su protagonista. El héroe Eneas es mentado ora como «padre», dado su papel de iniciador de un nuevo pueblo, ora como «piadoso», ya que la pietas es su virtud esencial. Eneas es «piadoso» porque tiene un sentido del deber que lo fortalece en las desdichas y le impide descuidar las prácticas religiosas. Precisamente la gloria de Eneas residirá en la convergencia del fatum exterior a él y su innata pietas. Este aspecto antropológico profundo es el meollo de la Eneida y la razón de su perdurabilidad.
            En lo que se refiere al estilo, la Eneida supuso un gran esfuerzo para Virgilio. Como bien lo apunta Julio Picasso en su introducción, el poeta no solo amoldó las formas verbales a sus propios intereses expresivos, sino que explotó todos los recursos retóricos a la mano para transmitir al lector las diversas emociones implicadas a lo largo del poema, el cual sin dejar de ser una epopeya adquiere sesgos dramáticos en muchos de sus partes. He allí, por ejemplo, el parlamento de una desfalleciente Dido, ampliamente imitado y hasta musicalizado, cuyo primer verso tanto recuerda el del soneto X de Garcilaso de la Vega: «!Oh dulces prendas mientras los Hados y un dios lo permitían» (libro IV, v. 651). Versos memorables de la Eneida abundan y sería ocioso recordarlos uno a uno. Virgilio, como Horacio, ha sido otra de las autoridades que los maestros de la literatura empleaban para enaltecer su discurso. Bastará con citar otro igualmente famosísimo: «La Fortuna favorece a los audaces» (libro X, v. 284).
Mikhail Bakhtin sostenía que la épica, en tanto se remitía al pasado remoto, hablaba del mundo de «los primeros y los mejores». Sus protagonistas, por ende, generarían admiración, pero nunca identificación. Esto es cierto desde la perspectiva contemporánea, pero inexacto si nos adentramos en el pensamiento mítico de la Antigüedad, en el cual ha de hallarse el origen de la épica. El Mito niega la Historia a través de la repetición y el arquetipo. Dentro del pensamiento mítico, la repetición asegura el carácter cíclico del tiempo y el arquetipo, la condición mimética de las acciones humanas. Eneas, como Aquiles o Ulises, es un arquetipo, es decir, un modelo de conducta. En el tiempo en que se produjo una obra como la Eneida, repetir actos pasados o imitar arquetipos es asociarse con lo sagrado, con el mundo de los dioses donde todas las acciones remiten a un pasado que, al reproducirse una y otra vez, se actualiza y se constituye como un presente prolongado. Así, el tiempo no pasa y la Historia, «considerada como una sucesión de acontecimientos irreversibles, imprevisibles y de valor autónomo», en palabras de Mircea Eliade (El mito del eterno retorno), es negada permanentemente.
Este principio compositivo proveniente de la cosmovisión mítica es el que sustenta la Eneida y su larga progenie. Cervantes, quien había tentado la vida heroica en sus años mozos, no estaba errado cuando ponía en boca en don Quijote estas palabras: «A fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le escribe Homero» (Don Quijote de la Mancha, parte II, cap. III). ¿Se está acaso denostando a Virgilio y a Homero? No exactamente. En realidad, don Quijote está reconociendo que la Eneida y la Odisea son poemas abrumadores para la sensibilidad moderna. Recuérdese que Cervantes escribe esto en los primeros años del siglo xvii, cuando ha acabado el entusiasmo renacentista, la crisis económica se cierne sobre España, pero también sobre el resto de Europa y los arquetipos aparecen como productos de un pasado irrecuperable. El propio Cervantes había sido soldado de fortuna en Italia y probado las mieles de la victoria militar tanto como el acíbar del cautiverio, honrando en aquel entonces (segunda mitad del siglo xvi) arquetipos bien conocidos en su época de juventud, los mismos que en la vejez le resultaban algo lejanos. Don Quijote de la Mancha es un libro empapado de la nostalgia por un mundo de héroes, de arquetipos míticos. De allí que si queremos comprender la locura quijotesca y con ella la experiencia de la modernidad, conviene volver a los versos de la Eneida para encontrar aquel mundo ejemplar donde los hombres eran puestos a prueba y se vencían a sí mismos, fundaban imperios y no se dejaban amilanar. El latinista Julio Picasso Muñoz nos brinda al obsequiarnos su Eneida romanceada un viaje nostálgico por una de las regiones de la imaginación más caras al ser humano: el tiempo de los héroes, de los padres, de los mejores.

FERNANDO RODRÍGUEZ MANSILLA

 
   
 
 
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