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Cuadernos de Horacio Morell

 

Eduardo Chirinos Arrieta

© 2006 Fondo Editorial de la Universidad Católica Sedes Sapientiae

© 2006 Estruendomudo

ISBN 9972-2718-3-8

Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú: 2 2006-3829

 


En marzo de 1981 se publica Cuadernos de Horacio Morellde Eduardo Chirinos, un joven poeta de apenas 21 años que estudiaba literatura y acababa de ganar los juegos florales de la Universidad Católica un año antes. Su poemario, que algunos acusaron de lúdico por el recurso ficcional de un autor-personaje o de estar compuesto por «prosas líricas o fabulaciones», se ha convertido, con el transcurrir del tiempo, en un referente ineludible para comprender la poesía de la década del ochenta; una década en la que se diluyeron las propuestas políticas debido a la violencia de los grupos terroristas, se acentuaron más las márgenes entre la capital y el interior del país, y el desencanto generalizado por el espacio colectivo se tradujo en el plano artístico en una huida hacia el universo intimo del individuo. Esta última condición dirigió al artista a una marginalidad y a una evasión voluntaria, desafectada de cualquier intento de homogenización mediante la ideología. Por eso mismo, es consecuente que el poeta se ampare en el lenguaje y en las posibilidades de este como representación del mundo (o tal vez como un cuestionamiento del mismo). En ese sentido, nuestro propósito en esta reseña es examinar aquel refugio que redactó Morell con profusa timidez y que Chirinos con convicción y necesidad recopiló y prologó.

El tema de la autoría responde a un juego ficcional que Chirinos utilizó como recurso y que probablemente extrajo de su conocimiento de la literatura fantástica, en este caso de los mejores representantes de la narrativa fantástica en nuestra lengua como son Borges y Cortázar. De Borges es notoria la influencia del prólogo como juego sofisticado. En ese sentido, el texto recurre a una invención que pretende enumerar circunstancias y detalles imprecisos para tratar de rastrear en la poesía el esbozo del universo personal de Morell. Así esta se convierte en una excusa para hallar y comprender la intimidad del creador. No es una poesía que se agote en una referencia a sí misma, sino al contrario, busca representar al escritor mediante su palabra: el lector lee con el propósito de reconstruir a Morell. Hasta este punto el acusado juego ficcional es válido para dar cabida al universo lúdico que con frecuencia se menciona para interpretar este texto. Sin embargo, esta lectura puede convertirse en una fina negativa al riesgo y ser al final de cuentas una excusa para no observar un lenguaje que se cuestiona como circuito comunicativo, que en algunos casos se asume como significante y que, por ende, todo intento de comprensión resulta, por decirlo así, un acto de fe inútil: «Dolu Nefdro pferda vherfpo wachgon…» («Ol-ki-ol»)

Si el lenguaje es representación, puede ser también resistencia. La literatura, lugar privilegiado de especulación, permite que el sujeto ubique nuevas constantes para reemplazar las ya perdidas. En ese sentido, el cuestionamiento de lo visible y lo cotidiano es un punto de partida necesario en el universo de Morell, que supone también el ejercicio de una ironía que es pródiga en detalles tragicómicos («El último cruzado»). La realidad que no es descarnada sino confusa invita a la duda de los sentidos: «Señor, amable señor, dibuje usted la cara de mi novia, pero / quítele los ojos y procure obviar la boca.» («Captado en París»). Además la poesía no se muestra inerme o fuera de estas circunstancias, es parte de aquella contradicción, como una encrucijada inevitable de la palabra representada: «El silencio reposa locuaz en mis orejas / Y escarbo como un topo bajo el suelo» (Arte poética). Aunque el sujeto declare que el mundo exterior le es ajeno: «Créanme, no les / escucho absolutamente nada; ni los llantos, ni los gritos, ni los cantos,/ ni las alabanzas, ni los chismes, ni el hipo de verano, ni los estornudos/ de invierno, ni la tos de primavera, ni los eructos de otoño./ Yo no les escucho nada y jamás esperen nada de mí». («No hay peor sordo que aquel que quiere escuchar y no puede y además se muere de risa»). De esta manera Chirinos no solo expone la complejidad del hombre cotidiano sino que también le dota de una complicada personalidad a su personaje, su alter ego, Morell, el suicida, el marginal, el temeroso de cualquier tipo de vida pública, el que puede mirarse sin vergüenza en un espejo « Y ver indiferente a otra persona». (A Jean Paul Sartre).

Para finalizar este comentario, Borges señalaba que a la realidad le gustan las simetrías. Puede decirse que dicha situación de alguna manera se ha repetido después de veinticinco años, aunque evidentemente las circunstancias son otras y los ejecutantes también: es otra Universidad Católica, la Sedes Sapientiae, quien premia el valor de la cultura y la rescata del olvido y son otros los jóvenes, Estruendomudo, que apuestan por el trabajo colectivo. Ellos hacen posible que, contrario a los deseos de Morell y de Chirinos, este libro no sea desconocido.

 
   
 
 
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